Cenizo (Leucophylum frutescens)

EL DOMINGO SIETE

Autor: Servando Santos Elizondo

Las plantas medicinales tienen usos muy variados. El cenizo como planta medicinal tiene una relación con el hombre que no se limita solo al aspecto terapéutico.  Lo encontramos formando parte de los diferentes discursos, en los relatos científicos, en los históricos y en los relatos literarios en toda la gama de la comunicación del hombre.

Ahora relato un cuento corto cuyo tema es recurrente e incluye a la planta del cenizo y lo contiene como lo que es, como una planta medicinal.

Hace muchos años cuando los gigantes rondaban por esta tierra, y las ninfas y las hadas eran cosa común, y los hombres convivían a la distancia con estos seres, en un pueblo muy alejado perdido en las zonas semiáridas, vivían dos hombres contrechos diríamos jorobados, que por su condición no eran aceptados en el pueblo para trabajar como la demás gente, y se vieron en la necesidad de viajar al monte a cortar leña para venderla y subsistir.

Estos dos amigos tenían caracteres encontrados, uno era demasiado bueno y el otro era malo y envidioso. De tal forma, que el trabajo siempre se recargaba en el bonachón, cada vez que salían a cortar la leña el malo se quejaba de que estaba enfermo y le decía a su compañero.

-Oye  me siento muy enfermo y esta semana no me va a ser posible ir a trabajar, la próxima semana yo te suplo-  y así pasaban semanas y semanas y el bueno era el único que trabajaba.

Cierto día que el holgazán se quedo en la casa, el buen jorobado cortó mucha leña, cortó tanta que se agotó y optó por quedarse a descansar en el monte, se acomodó al pié de un árbol el cual estaba a la orilla de un ojo de agua. Al pasar las horas como a la media noche se escucharon unas voces que parecían cantar una canción. Intrigado se dirigió al lugar de donde provenían los cantos. Muy sorprendido se dio cuenta que un grupo de hadas surgidas de quien sabe donde, bailaban y cantaban alrededor de una hoguera.

Lunes y martes y miércoles tres.

Lunes y martes y miércoles tres.

Este estribillo lo repetían y repetían como si fuera el único que se supieran. Al darse cuenta el leñador de esta monotonía se le ocurrió ofrecerles su ayuda y salió, y como era de esperarse las hadas lo vieron. -¿Qué deseas hombre descendiente de la estirpe perecedera?- Dijeron las hadas. ¿Por qué te atreves a interrumpirnos? 

Es mi deseo ayudarles, le contesta el leñador, puedo hacer que su canto se escuche más bonito y agradable al oído. Luego cantó

Lunes y martes y miércoles tres.

Jueves y viernes y sábado seis

Las hadas se mostraron muy contentas, lo agregado al estribillo les pareció maravilloso y con todo el entusiasmo se acercaron a él para agradecerle su desinteresada ayuda. Cuando se aproximaron al leñador se dieron cuenta de su deformidad en la espalda y le pidieron que se inclinara y con la vara mágica la joroba desapareció convirtiéndose en una persona perfectamente normal.

En esos momentos el suelo comenzó a retumbar, las piedras y las hojas saltaban en cada estruendo.

-Son los gigantes malvados que se acercan- le dijeron las hadas muy alarmadas. – Rápido súbete a ese árbol que si te ven te pueden matar- las hadas desaparecieron al instante. Y el leñador subió al árbol con premura, escondiéndose de la vista de los gigantes. Llegaron los tres enormes diablos y se acomodaron en el árbol donde estaba escondido el leñador. Como tres camaradas remembrando sus aventuras, comenzaron a platicar sobre las maldades que habían cometido.

El primero comentó. Yo cegué a toda la gente de un pueblo, tanto que no podían ver más allá de sus narices.

Y los tres rieron a carcajadas.

El segundo dijo, no pienses que lo que hiciste es mucho trabajo, yo enmudecí a todo el reino que ni los niños podían llorar.

Y los gigantes casi se desternillan de la risa.

Entonces el tercer gigante les dice.

Pues sépanse bien, que   yo aplicando toda mi fuerza y grandeza he ensordecido a mi reino, que no escuchan ni los truenos más fuertes del cielo. Y rieron hasta casi perder la conciencia. Eran tan malvados que no les importaba nada ni nadie, ni lo miserable que pudieran hacer a las gentes con sus actos de maldad.

El pobre leñador viendo y escuchando todo esto, escondido en el árbol temblaba de pies a cabeza.

El primero de los gigantes les comenta a los demás, todos esos pobre desgraciados a los que dejé ciegos, no saben que es muy fácil curarse, sin embargo yo no les voy a decir cómo hacerlo.

Bueno dijo otro de los gigantes, pero a nosotros si nos lo vas a decir. Yo tengo un remedio para curar la sordera y mi compañero tiene otro remedio para curar la mudez.

Tienes razón dijo el gigante creador de la mudez.

 – El primer gigante dijo, -Señores, la cura óptima para que los ciegos de mi pueblo puedan ver es hacer lo siguiente: recoger el rocío de la primera semana de abril. Para así, aplicarse ese rocío con el dedo o una compresa en los ojos del ciego y la persona recobrará su vista.

Muy ingenioso de tu parte, le comentó uno de los gigantes, deberás guardar muy bien el secreto.

– Atención a mi remedio dijo el segundo gigante. Como les comenté, a mi reino lo he dejado sordo. ¿Sabéis cuál es el remedio? Es mucho más difícil de curar que la ceguera. ¿Ustedes han oído hablar del Cerro de las Campanas? Todo lo que hay que hacer es llevar al sordo a donde está ese cerro; colocarlo cerca de la loma y luego pegarle a una piedra con un martillo. El ruido que produce el choque del martillo con la piedra, quitará la sordera de los afligidos.

– Eso no es nada, dijo el tercer gigante. – Para curar a los mudos de mi tierra hay que salir al campo a recoger las flores del cenizo, que nada mas florece después de una lluvia. Se corta la flor, se hierve, se hace un té y el que lo toma luego quedará sano de todo mal, no solo de la mudez.

El nuevo día parecía llegar y los gigantes decidieron marcharse a sus respectivos reinos, no sin antes decidir volver el próximo año en el mismo lugar y en la misma fecha.

Luego que se fueron los gigantes, el leñador bajo del árbol y pensó, ahora que conocía la forma de ayudar a toda la gente que habían sido perjudicados, ir a donde se encontraban y ofrecerles aliviar todas sus penalidades ocasionadas por los gigantes abusivos. 

Luego de caminar mucho llegó por fin a la tierra de los mudos. Recogió las hojas y las flores del cenizo, preparó el té y se lo dio a los mudos. Estos, recuperaron el habla de inmediato. La gente quedo muy agradecida que le obsequiaron al leñador muchos bienes en oro y plata.

Posteriormente se dirigió a la tierra de los sordos. Los condujo al cerro de las Campanas que no quedaba muy lejos de allí y todos quedaron sanos. Todos quedaron muy contentos por el bien que les hizo el leñador que le regalaron las telas más finas y muchas monedas de oro. El tiempo pasaba y el mes de abril estaba próximo, se dirigió al reino de los ciegos. Se aposentó en prados extensos y al llegar la primavera recogió el rocío y al llegar al pueblo curó a todos los habitantes. Se difundió la alegría por doquier y el leñador también salió de allí colmado de bienes.

Regresó a su casa y le contó a su compañero todas sus aventuras. El jorobado envidioso aparte de las grandes riquezas que le vio y que deseaba para sí, quería que también le quitaran la joroba para tener la misma derechura de su compañero.

– Amigo, le decía al buen leñador, -¿dime donde está el árbol donde tu subiste. En poco tiempo vendrán los gigantes otra vez, quizá oiga algo que yo pueda usar y que me colme de bienes como te sucedió a ti, pero lo que más me interesa es que las hadas me quitan esta joroba.

El buen leñador, tuvo piedad del jorobado y al cumplirse el año de la junta de los gigantes lo llevó al árbol. El jorobado malvado sin darle las gracias, apresuradamente se trepó al árbol y se preparó a esperar, tanto a las hadas como a los gigantes.

Antes de que llegaran las hadas, tembló la tierra y crujieron las piedras, y se aparecieron los gigantes.

– Compañeros, dijo el más grande, – hay un traidor entre nosotros. Los ciegos de mi pueblo han sido curados. Nadie más que nosotros sabíamos de nuestro secreto.

– Yo no fui, dijo uno, – en mi pueblo todos recuperaron el habla.

– Y la gente que dejé sorda todas escuchan perfectamente, dijo el otro. – Un leñador que llegó quien sabe de donde a todos curó.

– ¡Fue el mismo que curó a la gente de mi reino! Exclamaron los otros dos gigantes a la vez.

En esos momentos salieron las hadas cantando y bailando, sin temer a los terribles gigantes.

Lunes y martes y miércoles tres;

Jueves y viernes y sábado seis.

El jorobado malvado que había visto salir a las hadas ya no podía dominar la impaciencia y queriendo añadir algo al estribillo para que lo enderezaran como a su amigo. Cuando escuchó a las hadas, gritó lo primero que se le vino a la mente. -¡Y domingo siete! Añadió al final de la estrofa.

Los gigantes y las hadas se quedaron estupefactos, como paralizados. Pero recobrándose casi al instante de su asombro, las hadas exclamaron:

– ¡Nuestra hermosa canción ha quedado descuadrada y arruinada! Y se difuminaron en el aire.

Los gigantes, al darse cuenta se recobraron, diciendo:

– ¡Es el traidor! Se subieron al árbol y bajaron al pobre jorobado.

– Así que fuiste tú, insecto pestilente, el que dio a conocer nuestros secretos. Como los gigantes conocían los pensamientos de los hombres malvados como ellos, en lugar de quitarle la joroba le injertaron otra joroba que hiciera juego a la que ya tenía.